Esta semana Barcelona iba a ser la capital europea de la inteligencia artificial. Y durante dos días, en el World Trade Center, lo que de verdad se vio fueron colas.
Colas para entrar. Colas para la acreditación. Colas para cada keynote. Colas para conseguir agua. Colas al sol, en el muelle, en septiembre... y colas que terminaban en una puerta cerrada porque la sala ya estaba llena.
Estos días me he leído cada comentario de su Instagram, los hilos de LinkedIn, la prensa y, sobre todo, su propia web. Y ojo, no escribo esto para sumarme al linchamiento. Lo escribo porque, como planner, este caso es oro puro. Pocas veces un evento deja tan a la vista el origen exacto de su fallo.
Te adelanto la conclusión, porque no es la que parece: el AI Summit no se rompió el 22 de septiembre. Se rompió en febrero.
Lo que pasó, en un minuto
Segunda edición del AI Summit Barcelona, 22 y 23 de septiembre, WTC Barcelona. Más de 200 ponentes, un cartel con NVIDIA, Google, Microsoft, OpenAI o Anthropic, apoyo de la Generalitat y clausura con el President Illa. La promesa: más de 10.000 asistentes. Las entradas: 495 € la Silver, 895 € la Gold y 1.850 € la Platinum. No reembolsables.
Lo que contaban los asistentes el primer día: cerca de una hora para entrar y otros veinte minutos para la acreditación. Cuarenta minutos de cola por keynote. Gente que pasó la mañana entera sin ver ni una charla. Salas hirviendo, media hora de cola para conseguir agua, un streaming que no cargaba y hojas de reclamación circulando por los pasillos. Hubo quien escaneó su QR en la puerta de una sala... y aun así no pudo entrar, porque ya no cabía nadie.
Ese mismo día, la organización enviaba una nota de prensa celebrando que más de 10.000 personas habían “abarrotado” el WTC y que la jornada había superado sus expectativas.
Abarrotado. Lo usaron como un logro.
La cuenta que cualquier planner hace el primer día
Aquí va el dato que, para mí, lo explica todo. Y no sale de ningún medio ni de ningún asistente enfadado. Sale de su propia web.
En la página de escenarios detallan sus 7 salas: un Main Stage de 700 butacas, un Auditorium de 450, un Panel Stage de 300, una Demo Room de 140, dos salas de workshop de 80 y salas de sponsor de 50. Total, escrito por ellos mismos: 1.800 asientos. De esos, 160 son plazas prácticas.
10.000 personas. 1.800 butacas.
Haz la división: en cualquier momento del día, más de 8 de cada 10 asistentes no tenían asiento en ninguna sala. Y eso suponiendo que todas estuvieran llenas a la vez, que la gente se repartiera de forma perfecta y que nadie repitiera. Las plazas prácticas, las de “manos en el teclado”, daban para el 1,6% del público.
Y son cifras generosas. El propio WTC publica su auditorio para 430 personas, no 450.
Eso no es un problema de gestión de colas. Es un problema de aritmética.
Aforo de recinto no es aforo de contenido
Este es el error de origen que más veo en eventos que crecen deprisa, y aquí se ve de libro.
Una cosa es cuánta gente cabe en un edificio (eso lo marcan el plan de autoprotección, las salidas de emergencia y los metros cuadrados). Otra muy distinta es cuánta gente puede consumir lo que le has vendido.
Si vendes un congreso, tu aforo real es el de tus salas. Si vendes una feria, el de tus pasillos y tu zona expo. Si vendes networking, el de tus espacios de estar. El AI Summit vendió un congreso (charlas, keynotes, workshops) con el aforo de una feria.
Un asistente lo resumió debajo de su último post mejor que yo: salas de 60 personas para la cantidad de asistentes que había, ridículo.
Y su web lo avisaba sin darse cuenta: las salas pequeñas se llenan primero, no hay registro previo, la única forma de entrar es llegar antes de que se llene. Traducido al lenguaje de producción: habían diseñado el sistema para que la cola fuera el mecanismo de reparto. Con 10.000 personas, eso no es una política de acceso. Es una profecía.
La acreditación también es una sala
Otro clásico. Pensamos en el aforo de las salas y nos olvidamos de que la puerta es la primera sala del evento. Y la más crítica.
Cuenta de servilleta: si quieres que 10.000 personas entren entre la apertura de puertas (8:30) y la primera sesión (10:00), necesitas procesar unas 6.600 personas por hora. Un puesto que imprime la credencial al momento saca, siendo generosos, entre 60 y 120 personas por hora. Necesitas decenas de puestos, lectores de QR que no fallen, colas serpenteadas, personal que sepa qué hacer cuando algo no escanea... y sombra, porque estás en un muelle en septiembre.
Cuando la primera experiencia de tu asistente son 50 minutos al sol, el evento ya ha empezado mal. Y todo lo que venga después se lee con esa lente.
El origen: el número llegó antes que el recinto
Esta es la parte que más me interesa. Porque nadie se levanta una mañana y decide organizar un desastre.
Una primera edición que salió bien... casi de milagro
La primera edición, en 2025, se hizo en el Glovo Campus. Según han contado sus propios fundadores, se organizó en tres meses, sin plan de negocio ni un presupuesto relevante, y a principios de julio tenía 15 inscritos. Acabó con unas 1.200 personas, 88 ponentes, cuatro escenarios, 50 voluntarios y entradas agotadas.
Salió bien. Y ahí empieza el problema, porque el éxito de una primera edición improvisada es la trampa más peligrosa de este sector. Te convence de que el método funciona, cuando lo que funcionó fue la escala. Con 1.200 personas, el entusiasmo, la buena voluntad y un equipo que corre mucho lo tapan casi todo. Con 10.000, no tapan nada.
Febrero: el 10.000 como titular
En febrero de 2026 presentaron la segunda edición en Norrsken House y abrieron la venta con 1.000 entradas a mitad de precio. El titular ya estaba ahí: más de 10.000 asistentes, el mayor evento de IA del sur de Europa.
Fíjate en un detalle de narrativa. La comparación que se repetía era “de 3.000 a 10.000”. Pero esos 3.000 eran toda la AI Week de 2025, con hackathon, fiesta y eventos paralelos incluidos. El summit en sí había reunido a unas 1.200 personas. El salto real no era x3. Era x8.
Un medio partner del propio evento lo dejó escrito semanas antes: los 10.000 eran una meta, no una cifra lograda. Nadie parece haberlo leído como una alarma.
Cuando el número de asistentes nace como objetivo de marketing (para el titular, para vender patrocinios, para la foto institucional) y no como resultado de un cálculo de capacidad, todo lo que viene detrás se construye al revés. Primero prometes, luego vendes, y el último en enterarse es el recinto.
En la agencia lo repetimos mucho: el aforo se decide antes que el cartel. Nunca al revés.
Vender hasta el final
Un detalle más que, como planner, me llama la atención. Hace pocas semanas, varios medios destacaban que no existía entrada de un solo día. Hoy, en su web, aparece un Day 2 Pass a 189 €, solo para el 23 de septiembre.
No sé cuándo se puso a la venta ni cuántas se vendieron. Pero abrir una entrada más barata a pocos días del evento, en un recinto que ya no daba para el público previsto, es justo lo contrario de lo que pide la producción.
¿Quién lo organizaba? Inhouse, voluntarios y demasiados nombres
La pregunta que muchos se hacían: ¿había una agencia detrás?
Por lo que he podido encontrar, no. El AI Summit lo organiza directamente su promotora, AI Events Barcelona, fundada por Guillaume Rostand (presidente de French Tech Barcelona) junto a Adam Hruska y Tanguy Wincker, dos emprendedores de 23 años, cofundadores de la startup Rusker, que antes habían lanzado juntos una agencia de viajes corporativos. En ningún sitio aparece una productora o agencia de eventos acreditada.
Ojo, que esto no es un ataque a nadie por su edad. Lo que montaron en 2025 tiene mérito, y el cartel de 2026 es muy potente. Pero hacer crecer un evento no es lo mismo que producirlo. Conseguir 200 ponentes y decenas de patrocinadores es trabajo de relaciones, alianzas y venta. Mover a 10.000 personas por un edificio durante dos días es trabajo de producción. Son oficios distintos.
Otro síntoma, pequeño pero muy revelador: en mis búsquedas he encontrado a la organización firmando como AI Events Barcelona, AI Summit Alliance, AI Group Barcelona y con un correo del dominio aisummitnetwork. Cuatro nombres para una misma casa. Cuando la estructura no está clara hacia fuera, normalmente tampoco lo está hacia dentro.
¿Y en la operación? La primera línea la sostenían voluntarios no remunerados, con una formación obligatoria el 18 de septiembre, cuatro días antes del evento. Fueron, por cierto, los grandes ovacionados: comentario tras comentario, los asistentes insistían en que la culpa no era suya. Y tenían razón. Un voluntario puede dar la bienvenida y orientar. Lo que no puede es gestionar una crisis de aforo, decidir el cierre de una sala o atender una reclamación económica. Un asistente lo resumió perfecto: nadie a quien reclamar, todo son voluntarios (Si tenemos gente dentro que lo corrobora)
Vender lo que no existe
Hay un caso pequeño que me parece de manual.
La entrada Silver (495 €) incluía, según la web, acceso a una “Coworking zone”. Una asistente contaba que la buscó, preguntó a los voluntarios, que tuvieron que pedir ayuda a alguien del equipo... y la zona no existía. Al parecer se había convertido en una “networking zone”.
Parece un detalle. No lo es. En un evento con niveles de entrada, cada línea de cada entrada es un contrato. Si la vendes, la tienes que poder señalar con el dedo. Y si la cambias, lo comunicas antes, no cuando alguien la busca con el café en la mano.
Mientras tanto, otra asistente comentaba con ironía lo bonito que era el barco... reservado para los Platinum. Los niveles premium están bien. Lo que no funciona es que el premium brille mientras el básico no consigue entrar a ninguna charla.
La comunicación de crisis: cuando la culpa es del asistente
Aquí es donde, para mí, se perdió la segunda batalla.
El post de apertura del primer día hablaba de gente llegando café en mano. Sus comentarios acabaron siendo el libro de reclamaciones del evento. ¿Y la respuesta? La misma frase, copiada y pegada debajo de cada queja: estamos trabajando en una solución para todos los afectados, escribid a nuestro email con vuestro número de pedido.
En LinkedIn, según señalaban varios asistentes, desapareció un post que hablaba de “una cola en la entrada por la mañana”. Y cuando alguien preguntó en público si nadie había hecho la cuenta de cuánta gente cabía en una charla, la respuesta oficial fue invitarle a escribir a un correo... con una errata en el dominio.
El segundo día llegó el comunicado firmado por los tres fundadores. Reconocían la frustración y prometían grabaciones, pero con dos frases que, a ojos de un planner, son justo lo que no se dice en una crisis:
“El recinto estaba preparado para recibir al número de personas que asistía al Summit.”
"El reto fue que algunas sesiones tienen capacidad limitada, y cuando todo el mundo va a la misma sesión a la vez, esas salas se llenan rápido."
Y el consejo del día: explorad todos los escenarios.
Traducido: el problema es que os movéis mal. Nunca, jamás, se traslada al asistente la responsabilidad de un fallo de diseño. Que la gente quiera ver la keynote principal no es un imprevisto. Es el motivo por el que compró la entrada. Y su propia web ya decía que había 1.800 butacas.
Según publica Diario Tecnología, después llegó un email de disculpas con las grabaciones y un pase para 2027, sin reembolso automático. Ofrecer la edición del año que viene a quien acaba de vivir la peor experiencia profesional de su año es pedirle un acto de fe que no te has ganado.
Hoy la web del evento abre con un “Thank you, Barcelona. See you next year” y un “You made it happen”. Supongo que es verdad... aunque no en el sentido que ellos quieren decir.
Lo que yo me llevo (y lo que haría distinto)
No me gusta cerrar sin algo útil, así que aquí va lo que este caso me refuerza, en versión trinchera.
El aforo es una decisión, no un deseo. Se calcula por salas, por franjas y por tipo de contenido, antes de abrir la venta. Si tu contenido estrella cabe en 700 butacas, tu evento no es de 10.000 personas. O cambias el formato (overflow rooms de verdad, pantallas bien dimensionadas, doble pase de keynotes), o cambias el número.
Vende por capas, no a granel. Registro de sesiones con cupo, reserva para workshops, accesos escalonados. Lo de “por orden de llegada” solo funciona cuando sobra sitio.
La puerta es la primera sala. Acreditación por franjas, credenciales enviadas o preimpresas, puestos suficientes, colas a la sombra y agua desde el minuto uno. Si la primera hora sale mal, las otras quince también.
Crecer x8 exige cambiar de liga, no solo de recinto. Equipo de producción profesional, alguien con experiencia real en flujos de público y un plan de contingencia con las decisiones escritas: qué hacemos si la sala principal se llena, quién corta la venta, quién da la cara.
Cada línea de la entrada es una promesa. Si no va a existir el día del evento, no se vende.
En crisis: reconocer, asumir, compensar, y en ese orden. Sin adjetivos, sin culpar al público, sin borrar posts, sin respuestas copiadas y pegadas. Y con una compensación proporcional al daño real, que no es solo la entrada: es el tren, el hotel y el día de trabajo que la gente perdió.
Esto no fue “Murphy”
En eventos hablamos mucho de la Ley de Murphy. Del proveedor que no llega, del micro que se muere, de la lluvia que nadie esperaba. Murphy es lo imprevisible, y nuestro trabajo es tenerlo tan domado que el cliente ni se entere.
Pero lo del AI Summit no fue Murphy.
Murphy es lo que no puedes prever. Esto era una división. 10.000 entre 1.800. Y estaba publicada en su propia web antes de que se abrieran las puertas.
Me quedo con una ironía que un asistente dejó escrita mejor que yo: “se hablaba del futuro de la tecnología en un edificio donde no se consiguió gestionar una cola. Es un recordatorio para todos los que nos dedicamos a esto. La inteligencia artificial puede hacer muchísimas cosas... pero la experiencia de una persona en un evento sigue dependiendo de que alguien, meses antes, se siente a hacer la cuenta.”
Ese alguien es el planner. Y por eso este oficio no va a desaparecer.














